Un Café para el Recuerdo | Un San Valentín Inesperado

"Deberíamos tener una fecha fija para celebrar nuestros años de amistad."
"¡Sí! Debería ser hoy, pero hay que marcarlo en nuestro calendario."
"¡Va! Que no se te olvide."

Por muchos años no teníamos una fecha fija para celebrar nuestra amistad, y solíamos pasarla en este mismo café, saliendo de la preparatoria. A veces pedíamos permiso para quedarnos un rato más, para platicar sobre cualquier rumor que nos enterábamos o, simplemente, hablar sobre cómo serían nuestras vidas cuando la preparatoria terminara. Teníamos un plan fijo, queríamos rentar un apartamento juntas cuando tuviéramos el dinero y el tiempo. Tendríamos carreras distintas, pero siempre encontraríamos el tiempo para estar juntas. Había muchas promesas, muchas de las cuales creí ciertas, hasta que entramos en la universidad.

Hay muchas anécdotas sobre cómo la universidad separa a las personas, pero también hay historias donde la vida universitaria las une más. En nuestro caso, quizás no fue la universidad lo que nos separó.

Solíamos bromear diciendo que, aun con todas las arrugas, seguiríamos reviviendo los recuerdos en este café. Pero aunque en su momento pareciera una broma, también era una promesa profunda. Una que di por sentada, creyendo que siempre se cumpliría.

Cada San Valentín nos dábamos regalos, por más pequeños que fueran, pero siempre con un gran significado. Entendíamos lo que significábamos la una para la otra. Ahora, cuando paso por este mismo café, nos veo de pequeñas, riendo, soñando con el futuro, con la idea de dominar el mundo juntas. Queríamos romper los estándares, no quedarnos estancadas.

Cada vez que visito este lugar, me pregunto si aún lo recuerdas. Me pregunto si, cuando pasas por los lugares que solíamos visitar, piensas en mí, si de la nada el sonido de mi voz te llega, o si se perdió en el viento del mar al que íbamos después de cada salida escolar.

Te había dejado mensajes, más de uno, más veces de las que podría contar. A través de los años, seguí esperando que aún pudiéramos ser lo que éramos. A veces había respuesta, a veces no había ninguna.

Revisé el teléfono una última vez. A pesar de no haber quedado en vernos en el café, quería saber si llegarías una última vez. Una despedida necesaria. Un último suspiro. Un último abrazo.

Me costó mucho soltar. Hasta el día de hoy, sigo sin poder hacerlo. Pero sé que quizás sería lo mejor.

Revisé una última vez los mensajes de texto, por si, en dado caso, me dieras una última esperanza. Pero no había nada. Solo la burbuja del mensaje enviado, cada vez más borrosa con el paso del tiempo.

Mi corazón ya no podía más. Sabía que era una mala idea venir con la expectativa de que algo cambiaría este año, pero sentí mi pecho hundirse, mi corazón apretado, mi garganta cerrándose ante la certeza de que este era el final.

Sostuve el teléfono lo más cerca de mi corazón posible y me encerré en mí mismo. Mis hombros se sentían tan densos, mis manos, cada vez más pesadas. Solté unas cuantas lágrimas. Tenía que ocultarlas; después de todo, estaba en público y no quería preocupar a las personas a mi alrededor.

Tomé aire. Una, dos veces. Bajé la mirada al teléfono y abrí la conversación. Mi dedo tembló sobre la pantalla por un momento, dudando. Pero, al final, con un solo movimiento, la conversación desapareció. No quedó nada.

Exhalé. No se sintió como liberación, pero tampoco como pérdida. Solo un espacio vacío, una ausencia definitiva. 

Pude haber borrado los mensajes de mi celular para dar ese paso hacia adelante, pero eso no significa que los recuerdos se borren. Al borrar la conversación, escuché la silla frente a mí crujir. Alcé la vista rápidamente y allí estaba, la persona que sanó todo el daño que él nunca me había hecho. Una persona que, por decisión propia, vino a este café, a pesar de no gustarle tanto.

"Sabía que te encontraría aquí. ¿Está ocupado?" señaló Abel hacia la silla vacía frente a mí. Con un simple movimiento de cabeza, le di la respuesta que buscaba.

"Bien. ¿Qué hace usted tan solita?"

Quería decirle las mil y un razones por las que me encontraba sola, quería decirte que intentaba sostener algo intangible, algo que ya no existía. Pero sabía que, si en ese momento expresaba mis sentimientos, no iba a salir bien. Sabía que mis lágrimas aparecerían lentamente y se deslizarían por mi mejilla. No quería recordar, una vez más, el vacío que sentía.

Él lo sabía. Con solo ver mis ojos, comprendía que no quería darle mi motivo, y fue así como giró la conversación.

Abel tomó la silla con delicadeza y le pidió a la camarera una orden de galletas con café. Pidió exactamente el café que me encanta, con el mismo detalle con el que siempre lo pido. Aquel día se convirtió en un nuevo recuerdo para nosotros, uno en el que podíamos platicar de todo y nada a la vez.

El aroma a café y galletas llegó a la mesa. Tomé el primer sorbo con tanto cariño que llenó todo mi pecho con la calidez que tanto me hacía falta ese día. Abel dio un mordisco a la galleta y sus labios quedaron manchados con el chocolate derretido. Alcé la mano y pasé mi dedo para limpiarle los restos de la galleta.

Siempre hay momentos en los que tu presencia cambia el rumbo de mi día, y a veces no te das cuenta de lo importante que es estar ahí cuando menos te espero. Habrá días en los que nuestras conversaciones no tienen rumbo, y esa fue una de ellas: platicar sobre el trabajo, asimilar el presente, desahogarme cuando tengo el corazón partido, aunque tú no lo hayas causado. Has sanado una gran parte de mí y te lo agradezco. Muchas de las lecciones que las personas te enseñan o comentan no las comprendes hasta que estás en el fondo del mundo, y no tiene nada de malo. Todos caemos, pero tenemos a personas que nos levantan sin pensarlo dos veces. A veces queremos abrazar el pasado con tanta fuerza porque nos duele pensar que esos recuerdos serán olvidados, tanto que significaron para nosotros, y está bien, es normal. Pero también abracemos a las personas que nos brindan su ahora, su oído y su tiempo, porque incluso cuando menos los esperamos, ellos estarán ahí para ayudarnos a seguir adelante, aun sabiendo que ellos no fueron quienes rompieron nuestro corazón.

En algún momento de mi vida, creí que solo con una persona podría disfrutar el café y las golosinas en este mismo lugar. Pero la vida sigue, el mundo continúa girando y no se detiene por nada ni por nadie. Y, a veces, quien te abraza con tanta calidez no es quien esperabas, sino quien decide apoyarte y amarte incluso cuando estás hundido.

Solo necesitamos aprender a valorar esos pequeños detalles.

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