Primer Recuerdo | No me olvides

 Bienvenidos a mi rincón creativo, donde los videojuegos y la escritura se encuentran en un mundo de imaginación sin límites.

Soy una escritora estadounidense apasionada por explorar los límites de la fantasía y la ficción, y en este espacio, comparto fragmentos de las historias que me inspiran cada día. Hoy, quiero invitarte a un viaje especial: un adelanto exclusivo de mi libro en progreso. La historia corta que estás a punto de leer es un reflejo de las emociones y los vínculos que exploro en mis escritos. Espero que disfrutes este vistazo a mi proceso creativo tanto como yo disfruto darle vida a cada palabra.

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Teníamos que terminar de estudiar, o más bien, yo tenía que terminar de estudiar para mis exámenes parciales. Abel me había dicho que ya tenía todo listo para sus parciales, pero que, aun así, estaba dispuesto a acompañarme a estudiar. No me molestó; me siento cómoda cuando sé que alguien me está acompañando en mi sufrimiento. Mientras escribía mi guía de estudio y veía las páginas de los libros, vi de reojo a Abel con sus audífonos puestos y viendo su celular. Ahora que lo pienso, no hay día en el que no tenga algún par de audífonos puestos. Un día me llegó a decir que, si algún día viene sin sus audífonos a la universidad, era seguro que tendría un mal día en cualquier actividad que realizara. Me causó gracia en el momento, pero ahora mismo veo que es real. La curiosidad por saber qué música escuchaba me estaba desconcentrando. ¡Enfócate, Mel!

—¿Qué estás viendo, Mel? —Abel giró su cuerpo, dirigiéndose hacia mí, pero aún con su vista en el celular.

—Siempre estás escuchando música, ¿no? —solté mi lapicero, colocando mis manos debajo de mi mandíbula.

Abel no respondió de inmediato; se quedó unos segundos más mirando su celular para después ponerlo sobre la mesa.

—La mayor parte del tiempo. ¿Por qué?

—¿Qué es lo que escuchas?

Alzó su mirada y vi el brillo en sus ojos. Acercó su silla hacia mí y podía sentir su pierna rozando la mía. No pareció darle pena; parecía no notarlo. Me puse un poco nerviosa al tenerlo tan cerca. Se quitó un audífono y movió su mano cerca de mi oído, pausando un momento antes de querer que aprobara su acción. Asentí rápidamente y me regaló una sonrisa. El rayo de sol que atravesó la ventana le daba en los ojos; me percaté del color de sus ojos. A pesar de que sabía que eran cafés, no eran cualquier café. Sus ojos, bajo el sol, aclaraban el color de ellos, dándoles un tono más acaramelado. Un color lindo, digno de una fotografía. Sentí el tacto de su mano en mi mejilla al momento de ponerme el audífono, una mano cálida y suave. Quería que dejara su mano en mi mejilla.

—Escucha conmigo, ¿vale?

Tomó su celular y comenzó a deslizar para buscar una canción. No sabía qué género de música le gustaba; nunca le pregunté. Más bien, nunca se me ocurrió preguntarle. A pesar de que estábamos en silencio mientras él estaba buscando la canción, no me sentía incómoda. También me di cuenta de lo increíblemente cerca que estaba su cuerpo del mío. Pero también me resultaba cómodo; de eso me di cuenta: estoy cómoda con él. Me sentía yo misma, sentía que no tenía que ocultar nada de mí para poder agradarle.

—Me gusta mucho la banda Red Hot Chili Peppers. ¿Has oído alguna canción de ellos? —me preguntó de reojo, aun con su sonrisa bien puesta. Negué con la cabeza, conservando mi vista hacia sus ojos.

Seleccionó una canción y colocó su celular en medio de ambos, y así pude ver el nombre de la canción: “Goodbye Angels” de Red Hot Chili Peppers.

—Desde que era pequeño los escucho mucho, y desde que tengo memoria han sido mi banda favorita. No sabría explicarte qué es lo que me hacen sentir sus canciones, pero lo que sí te puedo decir es que me llevan a otro mundo.

“Say goodbye, my love

I can see it in your soul

Say goodbye, my love

Thought that I could make you whole.”

Oírlo cantar no fue una de las cosas que esperaba mientras estudiaba, y noté que tampoco le dio pena hacerlo. Estaba muy inspirado; sonreí mientras seguía cantando el coro de la canción. Tuvo razón: la canción me llevó a otro mundo. Un mundo donde no tenía responsabilidades y solo tenía que vivir en el momento. Me recosté en la silla de la cafetería y centré mi vista en la ventana que teníamos por delante; había plantas que estaban sobrecreciendo y acariciaban el cristal de la ventana. La planta se movía de un lado a otro gracias a los fuertes vientos de ese día, haciéndole cosquillas al cristal.

Canción tras canción, pasaban los minutos. De los minutos fuimos a horas. Cuando cambiaba de canción, Abel me daba un dato curioso sobre por qué escribieron esa letra o si estaba dedicada a alguien en específico. A veces pausaba la canción momentos antes de su parte favorita y me decía por qué era su parte favorita. Era por la batería, por la guitarra, por el coro o algún instrumento que tenían de fondo mientras la letra de la canción me seguía consumiendo. Escucharlo hablar de todo esto me pareció íntimo, como si no tuviese a nadie más a quien le contara estos pequeños detalles de las canciones. Porque lo es, quizá. No sueles ir con cualquier persona a contarle detalles sobre algo que te gusta. Y quería saberlo todo. Toda su pasión e inspiración por esta banda; no dejé que ningún detalle se me escapara porque me estaba entregando una parte de él. Una parte que atesoraré por siempre. Una pieza de él que me dejó marcada. El primer recuerdo juntos.


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